Por: Martín Lazo Cuevas La Voz del Pueblo — Comunidad Mexicana Internacional
Enero no es únicamente el primer mes del año; es, en realidad, un umbral. Un punto simbólico donde las sociedades se miran al espejo para decidir —consciente o inconscientemente— si repetirán el ciclo o si están dispuestas a corregir el rumbo. Con demasiada frecuencia, el inicio de año se reduce a un ritual vacío: propósitos que se desvanecen, discursos estériles y promesas que no transforman la realidad. Cambia el calendario, pero la conciencia permanece estática.
En la cultura mexicana —y en gran parte de América Latina— enero conserva un sentido más profundo. El 6 de enero, Día de los Santos Reyes, trasciende lo infantil y lo comercial para convertirse en una tradición que habla de espera, camino y esperanza compartida. Los Reyes Magos no llegan por azar; viajan, observan las señales, interpretan el cielo y avanzan con propósito. En esa narrativa ancestral reside una lección poderosa: el futuro no se improvisa, se construye con conciencia.
Por ello, comenzar un nuevo ciclo debería ser un acto político y moral en el sentido más elevado de la palabra: el ejercicio de decidir cómo queremos vivir juntos. No basta con cambiar de hoja; cambiar de rumbo exige reconocer lo que no funcionó, lo que se permitió y lo que se calló. El calendario avanza por inercia, pero la historia no. La historia solo se mueve cuando el pueblo asume su papel como sujeto activo del tiempo que habita.
Aquí es donde fracasa la idea cómoda del “borrón y cuenta nueva”. No puede haber un nuevo comienzo donde no hay verdad ni justicia; donde las heridas permanecen abiertas y las responsabilidades carecen de nombre. Ninguna sociedad se renueva negando su pasado, ni ningún pueblo se fortalece fingiendo que todo empieza de cero. Enero no absuelve por sí mismo; solo ofrece la oportunidad de rectificar. Esa oportunidad se pierde cuando confundimos el cambio de fecha con un cambio de fondo.
Esta reflexión no es un juicio, sino una realidad histórica. América Latina es el fruto de una fusión cultural iniciada hace más de cinco siglos y consolidada con las revoluciones de independencia, dando vida a las naciones que hoy conocemos. Sin embargo, esos procesos no han concluido. Todavía estamos cimentando un futuro de plenitud, paz y hermandad. En este contexto, el año nuevo es una renovación del compromiso colectivo con la justicia.
Desde La Voz del Pueblo y la Comunidad Mexicana Internacional, hacemos un llamado a todas las organizaciones y diásporas: debemos organizarnos, prepararnos e informarnos. Es imperativo crecer en un pensamiento colectivo orientado al progreso y la fraternidad.
No podemos olvidar a nuestras diásporas: esos millones de hermanos de México, Guatemala, El Salvador y tantos otros países que hoy residen en Estados Unidos. Allí, en esas tierras, se reconocen como vecinos y hermanos de una América Latina sin fronteras, donde la identidad no se diluye con la distancia, sino que se fortalece en la resistencia y la solidaridad.
Este nuevo contrato social no es una utopía lejana, sino un imperativo del presente. La diáspora no es un cuerpo fragmentado, sino el motor latente de una transformación continental. Al organizarnos, dejamos de ser espectadores del tiempo para convertirnos en los arquitectos de nuestra propia historia. Que este enero no sea un simple cambio de hoja, sino el despertar de una voluntad inquebrantable por la dignidad de nuestra gran familia latinoamericana.